Al final de la calle Real de Rabanal del Camino seguiremos de frente, ascendiendo por un camino de tierra flanqueado por robles. La maleza invade la singular ruta en muchos tramos hasta dejarla reducida a un minúsculo sendero por el que el peregrino debe, literalmente, abrirse paso. Tras bordear un pequeño depósito de agua, este camino se acerca hasta la carretera.
En invierno este kilómetro y medio resulta intransitable, por lo que, en tales condiciones, al final de la calle Real de Rabanal el peregrino debe optar por girar a la izquierda y volver a la ruta asfáltica.
Comienza aquí la parte más dura de la ascensión, que nos llevará hasta la Cruz de Ferro que, de todos modos, casi nunca supera rampas con desniveles mayores al 6%. Los pequeños robles van dejando paso a medida que ascendemos a los piornos, retamas y enebros que, como nosotros, utilizan las laderas del Monte Irago para protegerse del fuerte y casi permanente viento de la zona.
Cinco kilómetros y medio después de Rabanal aparece ante los ojos del peregrino la fantasmagórica imagen de Foncebadón, el escenario del abandono.

6'00 Foncebadón.-

El Camino de Santiago atraviesa Foncebadón por lo que queda del empedrado de su calle Real. Las paredes derruidas, los techos hundidos o en complicado equilibrio sobre desvencijadas vigas, o las campanas milagrosamente suspendidas en la torre de las ruinas de la iglesia, dedicada a Santa María Magdalena, provocan en el peregrino una turbadora sensación.
Los ladridos de unos pacíficos pero imponentes mastines leoneses pronto azuzarán al peregrino, absorto en tan metafísicas reflexiones.
A la salida de Foncebadón seguimos de frente por un camino de hierba, dejando a un lado una ruinosa torre. Este camino sale a la carretera casi un kilómetro después. Tras un falso llano llegamos al punto más elevado del camino de Santiago: la Cruz de Ferro.

7'00 La Cruz de Ferro.- Altitud 1.510 m.

Es uno de los símbolos más conocidos y a la vez más humildes de toda la Ruta jacobea. Se trata tan solo de una modesta cruz de hierro clavada en lo alto de un poste pelado de cinco metros de altura y sujeto en su base por miles y miles de piedras acumuladas en este lugar durante siglos, tanto por los peregrinos como por los segadores gallegos que pasaban a recoger las mieses a la meseta castellana y quienes, según la tradición, a su paso debían arrojar una piedra al montículo. Parece ser que fue el propio Gaucelmo quien colocara la cruz en este lugar, el mismo en el que los romanos tenían un altar al dios Mercurio, protector de los caminos, para orientación de los peregrinos.
Desde 1982, muy cerca de la Cruz hay una pequeña ermita en honor a Santiago.
La Cruz del Ferro es otro de los excepcionales miradores del Camino. A nuestra espalda se extiende todo el camino recorrido hasta ahora, prácticamente desde León. Al norte, el extremo occidental de la Cordillera Cantábrica del que, en los días de sol, destaca la luminosidad de las crestas calizas de Peña Oubiña. Bajo nuestros pies la impresionante Hoya del Bíerzo, delimitada al oeste por las sierras de los Ancares, Cebreiro y Caurel. Sólo resta mirar al sur; ahí está el Teleno (2.185 metros) dominador de una amplia sierra a la que definitivamente dejamos atrás.
El descenso se inicia por la misma carretera por la que hemos llegado a la cima, una estrecha carretera de firme bastante regular, sin arcén, pero en la que apenas hay tráfico. Pronto vemos al frente las aparatosas antenas de una instalación militar hacia la que nos dirigimos. En algunas curvas nuestro Camino se aparta de la carretera y las traza por su interior, evitando así unos cuantos metros a cambio de la irregularidad de estos breves senderos.
A dos kilómetros del alto se encuentra Manjarín.

9'00 Manjarín.-

Solamente un pequeño albergue ¿... ... ...? cuyo hospitalero Tomás, vestido de templario, toca una campana cuando pasa algún peregrino, pero que mejor no entrar salvo mucha necesidad, ya que no dispone ni de agua corriente ni de electricidad. A nuestro paso sólo algunas cabezas de ganado asomarán curiosas entre ruinosas paredes y tejados desplomados. Como señala en su libro Juan Ramón Corpas Mauleón “en Manjarin sentirá el viajero la opresión o la zozobra que comunican el lugar y el paisaje, agrestes y desolados, como alegoría contundente de lo efímero de las obras humanas”.
Afortunadamente, de Manjarín sí que se conserva una fuente a la salida del pueblo que agradecerá el peregrino después del esforzado ascenso.
Pasada la fuente, parte por la izquierda un estrecho sendero cuya entrada está indicada con la correspondiente flecha amarilla. Hasta hace poco la ruta que seguían los peregrinos transitaba por él hasta llegar junto a las instalaciones militares. En la actualidad este sendero está cegado por la maleza y resulta verdaderamente penoso su recorrido, por lo que es mucho más aconsejable la opción de continuar por el asfalto.
Así, tras un suave repecho de poco más de un kilómetro, llegamos al cruce del que parte la pista en dirección a la base militar, cuyas antenas coronan este alto.
A partir de este punto comienza el descenso propiamente dicho. Nosotros deberemos seguir por la misma carretera, dejando siempre a la derecha un aterrador patio que parece caer en picado hasta la mismísima Ponferrada.
No conviene despistarse, pues a menos de dos kilómetros de haber iniciado este descenso, a la salida de una curva, deberemos tomar por la derecha un sendero casi imperceptible que aparece junto a unas lajas de pizarra. Para acceder al mismo deberemos ascender un pequeño tramo con forma de peldaños.
En seguida el sendero se convierte en camino de tierra y desciende por la vertiente contraria de esta loma. El descenso es breve pero intenso. Escaleras, grandes bloques de piedra y estrechos pasos se suceden en una zona de fortísima pendiente. Este ameno atajo finaliza de nuevo en la carretera, por la que descendemos no más de 100 metros hasta tomar por el otro lado de la calzada un estrecho sendero que parte hacia la izquierda y cuya angosta entrada no es muy fácil de ver a pesar de estar correctamente señalizada.
Poco a poco, el sendero se acerca de nuevo a la carretera pero antes de desembocar en ésta, parte por la izquierda un irregular camino de tierra que, literalmente, nos arroja por una pendiente en dirección al pueblo de El Acebo, ya bajo nuestros pies.
Hasta llegar a la Fuente de la Trucha el camino está repleto de grandes piedras sueltas y lajas de pizarra que dificultan aún más si cabe el caminar, por lo que el peregrino debe caminar con precaución si no quiere dar con sus huesos en El Acebo antes de tiempo.
Desde la Fuente de la Trucha hasta la entrada del pueblo, el camino desaparece y cada cual habrá de buscar la solución menos temeraria para salvar el terrible desnivel que separa estos prados de la carretera. Son 200 metros de auténtico vértigo. (Este tramo es absolutamente intransitable en temporada lluviosa).
Una sensación de alivio se apodera del peregrino al acceder a la sombreada calle central de El Acebo. El suspiro es inevitable, más aún cuando uno tiene la sensación de haber estado aguantando la respiración desde el momento en que dejó el asfalto. A modo de compensación, el camino gratifica al peregrino con la serenidad de este típico poblado de montaña cuyas casas están siendo restauradas respetando su peculiar arquitectura, con sus corredores y galerías de madera labrada, pintadas de verde y azul, como en los cercanos poblados maragatos, y abiertas a la calle por escaleras exteriores de piedra.

16'00 El Acebo.-

En esta localidad se ofrece a los peregrinos, un pequeño pero bonito refugio municipal, de 10 plazas, con duchas y servicios.
Hay dos albergues particulares, El Acebo con 24 plazas, y La Taberna de José con 16 plazas. A la salida del pueblo, en la puerta del cementerio, un sencillo monumento erigido sobre una roca granítica recuerda la memoria del peregrino ciclista bávaro Heinrich Krause, fallecido en estos parajes en 1987.
Pasado el cementerio, se pasa el desvío de la carretera que conduce a Compludo y su famosa Herrería.
El descenso continúa ahora por la carretera hasta llegar a una gran curva a la izquierda que ésta describe, junto a un depósito de agua que ya veíamos desde bastantes metros antes. Del centro de la curva parte por la izquierda un camino de piedra y tierra que nos conducirá hasta la calle central de Riego de Ambrós.

20'00 Riego de Ambrós.-

Al pasar la iglesia, en una bifurcación, tomamos la izquierda para acceder a la Plaza de la Paz. Cincuenta metros después las flechas nos indican un umbrío sendero que desciende por entre dos casas. Se inicia en este punto un ameno descenso, por un camino al que asoman las lajas de pizarra redondeadas por el paso de miles de peregrinos. Es un tramo muy entretenido, con abundante maleza en las orillas y cubierto completamente por las ramas de centenarios castaños, en el que la mayor dificultad viene derivada de una permanente humedad que hace que estas pulidas rocas sean muy resbaladizas.
Este camino nos conduce hasta un pequeño vallecillo por el que transita el Arroyo Prado, rodeado por un impresionante bosque de castaños, el primero que encontramos desde que dejamos Navarra.
Un buen camino de hierba nos dejará de nuevo en la carretera, a la derecha de una moderna edificación de estructura hexagonal.
En este mismo lugar la cruzamos para adentrarnos por un camino de tierra con mediana de hierba que afronta un pequeño ascenso culminado por un poste del tendido eléctrico.
Junto al poste, tomamos la derecha para descender por una fuerte pendiente que alterna zonas de lajas sueltas con otras de hierba y tierra. Este descenso no ofrece demasiadas dificultades, pero habrá que extremar las precauciones pues en ocasiones el trazado se ve reducido a un estrecho sendero que transita por el mismo borde de un barranco de aproximadamente 15 ó 20 metros.
El camino describe varias curvas de 180º hasta alcanzar un pequeño arroyo. A partir de aquí la bajada continúa por un camino ancho con grandes piedras sueltas. Dos kilómetros y medio, después de cruzar la carretera, junto a la casa hexagonal, regresamos a la misma junto al puente que salva un pequeño torrente. Desde aquí nos dejamos llevar por la propia pendiente, ya más suave en este tramo final, hasta llegar al Santuario de la Quinta Angustia, del siglo XVIII, en la misma entrada de Molinaseca, con una imagen de Nuestra Señora de la Piedad, que los lugareños llaman “La Preciosa”. Las puertas del templo han sido protegidas con placas de hierro, ya que los peregrinos sacaban astillas para llevárselas como recuerdo.
Superado el santuario abandonamos el asfalto para cruzar el río Meruelo por un restaurado Puente de los Peregrinos, de origen románico, que da acceso a la calle Real. Es ésta una calle empedrada y realmente bien cuidada. A ambos lados se conservan las típicas edificaciones de piedra de la zona, amplias balconadas de madera, entre las que destaca el Palacio de los Balboa, y otra en la que dicen que residió en el año 1100 la reina de Castilla Doña Urraca.

25'00 Molinaseca.-

Las antiguas ruinas de la Ermita de San Roque, a la salida de Molinaseca han sido acondicionadas por el Ayuntamiento como refugio de peregrinos. Dispone de 50 plazas, duchas con agua caliente, sala de estar, servicios y cocina.
Al final de la calle Real retornamos a la carretera para, 500 metros después, junto a unas pistas deportivas, abandonarla de nuevo y tomar un camino de tierra que parte por la derecha. En seguida este camino gira 90º a la izquierda para transitar, paralelo al río, por la parte trasera de unas naves industriales. Pronto cruzamos la carretera de Onamio y seguimos de frente por un camino de similares características, entre árboles y viñedos. Este camino desemboca en la carretera a la altura de una pequeña loma desde la que ya se divisa Ponferrada.
Nada más iniciar el descenso de este pequeño repecho, sale por el lado izquierdo de la calzada una pista de tierra que deberemos tomar para descender, casi en línea recta, hasta Campo.

27'00 Campo.-

Al final de la calle La Francesa, ya en Campo, nace una pista asfáltica en dirección al río Boeza. Esta pista discurre durante un buen trecho al lado mismo del vertedero municipal, (que está lleno de cigüeñas, cuervos, grajos y picarazas) hasta salir a la carretera de Villar de los Barrios. Tomamos entonces esta carretera hacia la derecha para, ya entre casas, enlazar con la de San Esteban y salvar el río Boeza por el puente medieval de Mascarón. Comienza aquí la complicada travesía urbana de Ponferrada.
A la salida del puente Mascarón vemos frente a nosotros un moderno viaducto que salva la línea del ferrocarril. El Camino, sin embargo, discurre por la izquierda, paralelo al río durante unos metros, para poco después girar a la derecha y pasar bajo las vías férreas por un pequeño túnel. A la salida del túnel, el trazado original va por la primera calle a la derecha (calle Estafeta), y desemboca en la plaza que se abre ante el Castillo del Temple. Desde aquí, por la calle del Comendador accedemos a la Plaza de la Encina, en la que está la Basílica de la patrona del Bierzo. En este mismo lugar está también el albergue de peregrinos, por lo que pondremos aquí punto final a esta intensa etapa.

32'00 Ponferrada.-

Seguir el camino en esta ciudad es prácticamente imposible, consecuencia de su pujanza industrial y de su expansión. Antiguamente era todo un inmenso encinar.
El desarrollo industrial, derivado en gran parte de la minería, que se produjo en Ponferrada durante la segunda mitad de este siglo, ha alterado completamente la estructura de esta ciudad, en otro tiempo importante castro romano y más tarde sede templaria.
Ponferrada cuenta con un refugio estable desde mediados de junio hasta finales de septiembre en los locales de la Parroquia de la Encina. Dispone de 60 colchonetas y duchas con agua fría.
Está muy viejo y desatendido, impropio de una ciudad como Ponferrada.

Plano de la etapa