Foncebadón.- Altitud 1.440 m.

Su población 5 habitantes

A Santiago 228 Km.

Fue fundado por el eremita Gaucelmo entre los siglos XI y XII, en el cual levantó un hospital de peregrinos. Hoy en día es un pequeño pueblo casi deshabitado; llegó a tener tan sólo un habitante, en la actualidad son cinco las personas censadas. El Camino de Santiago y la tradición jacobea no han conseguido mantener mucha vida en este pueblo. La mayor parte del caserío se encuentra en ruinas aunque existe algún proyecto para restaurar algunos edificios. La iglesia ha sido recientemente restaurada y se ha construido, adosado a ella, un pequeño albergue. Las calles son de tierra por lo que si se realiza la visita en coche es aconsejable dejarlo antes de entrar en el pueblo. La dureza del clima y la pobreza de los suelos fueron algunas causas que motivaron su abandono.
Este pueblo, prácticamente abandonado, está resurgiendo de sus propias cenizas, gracias a la iniciativa de un excelente posadero Enrique Gaia, que ha montado en este lugar un mesón con sabor y gastronomía medieval. Merece todos los aplausos del mundo.
Se pueden observar unas pallozas construidas recientemente pero con la forma y materiales utilizados antiguamente. Se encuentran dentro de las instalaciones de un hostal. Se pueden observar algunas casas con el tradicional techo de paja, algunas de ellas amenazan ruinas.
El paisaje que rodea al pueblo es montañoso, siendo frecuentes las nevadas durante los meses de diciembre, enero y febrero. Debido al escaso número de habitantes y al clima no hay tierras cultivadas, pero es una zona apta para el pastoreo, observándose reses en las inmediaciones de la localidad en pastizales vallados. La vegetación es escasa por motivo de los frecuentes incendios, destacan los brezos y las escobas que aportan colorido al paisaje durante la primavera.
El típico aire colorista de los pueblos maragatos se tiñe de gris en su último exponente. El que fuera importante jalón del Camino de Santiago, que compartía con Roncesvalles Santa Cristina de Somport y O’Cebreiro el más sincero agradecimiento de los peregrinos por ofrecerles refugio donde más lo necesitaban, en la alta montaña, de momento, ofrece hoy una estampa desoladora.