Torres del Río.- Altitud 590 m.

Su población 224 habitantes

A Santiago 619 Km.

La villa de Torres del Río, llamada también Torres de Sansol, se encuentra situada a mitad de camino entre Los Arcos y Viana, al borde mismo de la antigua ruta de peregrinación a Santiago, dominando un alto junto a la colina de Sansol, en un paraje pintoresco y de hermosas vistas.
Esta localidad existía ya antes de la invasión musulmana según refieren las crónicas, siendo reconquistada tras la toma de Monjardín. Ya en poder cristiano tuvo un monasterio que en 1109 donó Jimeno Galíndez, a Irache. Posteriormente, en 1492, Iranzu compra a Torres del Río y Sansol el regadío de la Monjía. En esta villa tenía pecheros don Alvar Díaz de Medrano, hijo de Juan Martínez de Medrano, a quien los compró el propio concejo, que en 1341 acabó por entregar todo el pueblo al señorío del rey, con la condición de poder disfrutar del fuero de Viguera, confirmandolo unos años después el rey don Felipe III de Navarra. Por la sentencia arbitral de Luis XI de Francia, en las disputas entre Enrique IV de Castilla y Juan II de Aragón, quedó anexionada a Castilla desde 1463 hasta 1753, al igual que Los Arcos y las villas de su partido.
Torres del Río presenta un casco urbano de trazado irregular, impuesto por las peculiaridades de su emplazamiento en las laderas de una colina. En él destaca la Plaza de los Fueros, verdadero corazón de la ciudad, a la que llegan algunas de las más importantes calles. Domina su caserío la parroquia de San Andrés, imponente bloque de sillería que se encuentra en la parte más alta del pueblo, accediéndose a ella por calles de pronunciada pendiente, de estilo gótico-renacentista. Fue construida a finales del siglo XVI y es una de las bonitas de la zona en su estilo. De reducida planta de cruz latina, tiene la cabecera octogonal. En el interior hay un Retablo Mayor, del siglo XVII y estilo renacentista. En esta misma iglesia se encuentran otros dos retablos manieristas del siglo XVII: el Retablo de San José y el Retablo de la Inmaculada. Robustos muros de sillería en el exterior. No obstante, la joya arquitectónica de esta villa, es la iglesia del Santo Sepulcro, uno de los más importantes monumentos del Románico del siglo XII de la Merindad de Estella, emplazada a la entrada del pueblo, que funcionó como faro del Camino de Santiago, al igual que la de Eunate.
Su advocación del Santo Sepulcro impuso un plan centralizado en recuerdo de la basílica de Jerusalén, aunque sin respetarse la forma circular de ésta, que fue sustituida por una disposición poligonal, recordando más bien las iglesias que por parecidas fechas levantaron los caballeros del Temple. La iglesia funcionó como un faro con la luz encendida en la linterna que culmina el edificio, para cuyo mantenimiento tuvo que construirse el torreón con caracol adosado al recinto principal.
En planta, la iglesia presenta un cuerpo en forma de octógono ligeramente irregular, que funciona como verdadero protagonista de su espacio marcándose en él un eje longitudinal por el pequeño ábside en semicírculo que sustituye su flanco este y funciona como cabecera, frente a la cual se localiza el torreón de acceso a la linterna, componiendo ambos dos formas curvas simétrica. El ingreso al templo se hace desde el sur, contraviniendo perpendicularmente la direccionalidad dominante en el recinto. Tan interesantes como la planta son los alzados del interior formados por dos cuerpos decrecientes en altura que distinguen impostas taqueadas de tradición jaquesa, aunque quedan unificados por un orden gigante de columnas de delgadísimos fustes, sobre basas circulares y plinto cuadrado, adosadas a los ángulos que conforman los muros. El efecto resulta mucho más clásico y satisfactorio que en la iglesia de Eunate, también de planta central, donde se superponen columnas desiguales y menos elegantes. Este ritmo se interrumpe en el acceso al ábside, donde se abre un arco triunfal doble ya claramente apuntado, que arranca de medias columnas semejantes a las descritas, si bien su altura sólo alcanza la imposta del primer cuerpo, cuyo recorrido continúa por el ábside, sirviendo de asiento a la bóveda de horno que lo cubre. Justamente de los arranques del arco triunfal parten unas columnillas, sobre ménsulas con cabezas de animales, que pretenden suplir las columnas angulares de que carece este lado. Los capiteles de estas columnas constituyen el principal ornato del recinto. Son un claro testimonio del sincretismo de la escultura románica navarra, como también se aprecia en otros ejemplos estelleses, aunándose en ellos influencias de la Calzada con las islámicas, a lo que hay que añadir las sugerencias bizantinas, en las que insiste Iñiguez.
En los entrepaños vecinos a la apertura del ábside y formando parte del segundo cuerpo se abren ventanas abocinadas de doble medio punto y con arquivolta exterior decorada por palmetas y tallos. Soportan su estructura dos columnillas de base circular y capiteles variados; a la ventana del lado del Evangelio corresponden hojarascas y dos camellos enfrentados quizá aludiendo a la humildad, y a las de la Epístola pencas cistercienses con bolas y hojarascas. Sus cimacios combinan palmetas y retículas de rombos. Otra ventana abocinada, pero de esquema sencillo, se localiza en el frente del ábside. De esta suerte, la iluminación de la iglesia tiende a favorecer la cabecera, sin duda con unas claras alusiones simbólicas, relativas a la identificación de Cristo con la luz.
Voltea sobre el organismo octogonal una gran cúpula peraltada que constituye uno de los principales atractivos de esta iglesia, en especial por los potentes nervios prismáticos que en ella se cruzan, configurando un diseño estrellado de claro abolengo musulmán, que recuerda las soluciones cordobesas de la Mezquita, lo mismo que la de San Miguel de Almazán, en Soria, aunque quizá proceda de un modelo más próximo, pues se sabe que bóvedas de tal diseño existieron en la Aljafería zaragozana. Refuerzan los nervios estrellados otros transversales confluyentes en sus cruces, los cuales arrancan directamente de los capiteles de las columnas, mientras que aquéllos lo hacen dos a dos de unas parejas de modillones de molduras cóncavas superpuestas, también de tradición cordobesa, que al igual que los capiteles dejan a la imposta en resalte. Dichos nervios dejan libre un espacio central que ocupa una falsa bóveda circular de perfecta construcción, montada en moldura de tacos. Resulta también sumamente interesante el sistema de iluminación de la cúpula, gracias a unas pequeñas ventanas de medio punto perforadas en los arranques, entre las confluencias de los nervios; se cierran por celosías talladas en piedra, que responden a variados modelos también de inspiración islámica, y tienen por remate estructuras arquitectónicas a manera de castillos y torres sobre arcos trilobulados, semejantes a los marfiles de San Millán como señala Iñiguez. Los nervios, por último, reciben una decoración pictórica, con los nombres de los Apóstoles y otras representaciones, como una cruz y una cabeza, además de la leyenda «me fecit» que sin duda hacía referencia al autor de la iglesia. Sobre la cúpula se eleva la linterna, también de disposición octogonal con cúpula, abriéndose cuatro de sus frentes con medios puntos.
En suma, la iglesia del Santo Sepulcro de Torres del Río representa una experiencia espacial casi única en el románico navarro, superando a la de Eunate en monumentalidad y empaque clásico. A ello se añade su exquisito sistema de proprociones, que hacen del edificio un acabado monumento, perfectamente compensado en planta y alzados. De esta suerte, la anchura del gran octógono es igual a la altura total de los dos cuerpos, hasta el arranque de la cúpula. Esta tiene una altura igual que el primer cuerpo, siendo el segundo idéntico a un lado del octógono y éste, a su vez, se corresponde con la profundidad del ábside. Su altura duplica el lado y es, al mismo tiempo, la mitad de la altura total de la iglesia. Parece que el lado del octógono funciona como módulo, repitiéndose incluso en el cuadrado central de la cúpula. De todo ello deriva la satisfactoria impresión que ofrece el conjunto en su interior, aunque también al exterior acusa un sistema de proporciones equivalente.

En esta localidad navarra, entre Estella y Viana se encuentra la Iglesia del Santo Sepulcro (siglo XII), un peculiar templo de planta octogonal, similar al de Eunate, en el que se aprecia una gran influencia mudéjar y bizantina (según algunas guías, inspirada directamente en la Mezquita de Córdoba). Sea como fuere, este majestuoso conjunto de tres cuerpos, ocho lados, linterna de los muertos, cruz patriarcal, celosías arábigas, cúpula califal y capiteles con motivos orientales Posee una única puerta de medio punto en su lado sur, un ábside semicircular en el lado oriental y una torre husillo en el occidental. En el tímpano de la entrada preside una cruz patriarcal, símbolo de la Orden Militar del Santo Sepulcro. Junto a la delicada escultura románica, que se conserva tanto en su exterior como en su interior (en ventanas, arquivoltas, impostas, ménsulas o capiteles), un mundo de aves, serpientes y centauros, sobresale por su espectacularidad la bóveda de nervios entrecruzados que cubre el cuerpo octogonal y que se hace eco de soluciones hispanomusulmanas realizadas con anterioridad en la Córdoba califal. Para muchos autores es el mejor ejemplo de la adaptación de los conocimientos islámicos por los constructores cristianos. Por último, en el interior abruma por si sobria elegancia. La cúpula, de evidentes influencias árabes, muestra nervaduras en forma de estrellas de ocho puntas entre las que se intercalan pequeños ventanos que iluminan la estancia. En ella se venera una imagen de Cristo crucificado que data del siglo XIII.
Provoca una extraña sensación en el peregrino consciente de estar recorriendo la ribera navarra.